Me enamoré en un día y todo el mundo me dijo que estaba loco

No quería reconocerlo. El primer día no quería que nadie lo supiera. Pero se lo conté a mis amigos. A mi familia. «Conocí a una chica», les dije. Aunque la verdad me daba vergüenza reconocerla. Me había enamorado de ella.

En una noche.

Un día gris de febrero salí de Londres con la vida rota en mil pedazos. Me había dejado mi novia. Me habían despedido del trabajo. Había perdido mi casa. No quedaba mucho de mí. No había sonrisas ni ilusiones ni sueños por los que vivir.

No era la primera vez que me despedían. Ni la primera vez que me dejaban. Lo superé, como pude, con lágrimas y rabia. Al final, salí de mi burbuja, de mi vida estable y me lancé a la aventura.

Me prometí a mí mismo que no volvería a conocer a nadie durante un largo tiempo. Ni hablemos de enamorarme. Salí con una mochila y muchas ilusiones a recorrer el mundo. Con ninguna intención de encontrar el amor.

Destino: Tailandia. Y llegué. Tal y como había planeado. Pero algo pasó, algo que me golpeó de frente como un mazo y me tumbó. Un golpe directo al centro de mi tierra. Me dio en todo los planes. Me dejó herido, temblando, de rodillas y con el corazón vibrando.

Inocente me subí a un avión y volé hasta Polonia sin más intención que la de pasar un mes y recorrer un país del que no sabía nada, y del que no esperaba nada. Nada.

Los primeros días no fueron fáciles. Llegué a habitaciones de hostal llenas de gente y vacías de todo lo demás. Y poco a poco, me fui adaptado. Algunas caras pasaron a tener nombre y sin esperármelo: apareció ella.

Me sorprendió con las defensas bajas, despistado, con la mente en otra parte. No tenía ni idea de lo que estaba apunto de ocurrirme.

Nos tomamos un café y aunque creí que no volvería a verla, nos volvimos a encontrar. Y el día siguiente, me invitó a su casa a cocinar. Creo que ni siquiera nos gustábamos. O sí, quién sabe. Qué importaba, ni pensaba en ello. ¿Qué más daba? La mañana siguiente un vuelo me llevaría al norte  y nunca más volveríamos a encontrarnos. Para qué perder el tiempo pensando si podemos disfrutar simplemente del momento.

La comida se transformó en café y el café en té. Y el té en caricias y manos. Y sin darnos cuenta, ya estábamos pensando en la cena. Y la cena se transformó en besos, los primeros robados a la espalda de su cuerpo y, después, muchos más bajo la dulce mirada de sus ojos. Y esa noche, me quedé a dormir y supe que nunca más querría irme.

Pero la noche trajo la madrugada y el día se convirtió en adiós. Y yo, sin quererlo y siguiendo mis planes: me subí a un vuelo lejos de sus besos.

Cuando me desperté ella estaba más dulce y más guapa. Tan dormida, tan vulnerable, tan cariñosa que no quería irme. Pero me fui. Y esa noche la pasé a kilómetros de donde quería estar.

Mis amigos me dijeron que estaba loco. Me dijeron: «No dejes tus planes por una chica que no conoces». Me dijeron también que me lo tomase con calma, que pensara las cosas, que no hiciese ninguna locura. Así que, les hice caso y la noche siguiente me subí a un autobús para volver.

Yo me preguntaba: ¿cuál es la locura? ¿Volver y cambiar mis planes por alguien «que no conozco»? o ¿No volver, seguir mis planes y perderme la oportunidad de conocer al amor de mi vida? Para algunos quizá lo primero, pero yo sabía que subido a aquel autobús estaba haciendo lo correcto. ¿Qué era lo peor que podría pasar?

Pasé cuatro noches a su lado. Cada segundo mejor que el anterior. Me sentía cada vez más cerca de ella, más unido. Y sin saber cómo le dije: «te quiero» y ella, que quizá estaba tan loca como yo, dijo: «yo también».

Pero me volví a ir. Lejos, muy lejos. Llegué a Tailandia sin haber aprendido la lección. Sin haber aprendido que lo único que quería desde el momento en que la conocí era estar a su lado. Sin embargo, tan tonto como siempre, tan absurdo, me subí a aquel vuelo que me alejó de allí. Lo hice por seguir mis planes. Lo hice por no perder mi vuelo, por seguir con mi aventura. En aquel momento todavía no lo sabía, pero la verdadera aventura: era haberla conocido.

Cuando aterricé supe que no podía quedarme en Tailandia de forma indefinida. Mi cabeza estaba a millones de kilómetros de mi cuerpo. No lo podía resistir. Compré otro vuelvo para volver a verla en dos meses.

Volví a equivocarme.

¿Cómo iba a pasarme dos meses lejos de ella si no quería pasarme ni un día más sin verla? Me resigné a esperar. Pero dos semanas más tarde, estaba subido en un avión de vuelta a Polonia.

No importaba Tailandia. Me daban igual mis planes de recorrer el mundo, de viajar, de ser un aventurero. Me dio todo igual. Lo único que quería era volver a verla, a tocarla, necesitaba decirle muchas cosas.

¿Y si sale mal? ¿Y si te deja? ¿Y si no es lo que crees? Y si… y si… No sé de que material estamos hechos los humanos que cuando vemos una historia de amor solo podemos pensar en lo negativo, en si sale mal. ¿Qué si sale mal? Una herida más en nuestro cuerpo, derrapes, arañazos, tatuajes en la piel, marcas en el corazón. Qué importa si sale mal. Nos curaremos, como siempre, seguiremos adelante.

Pero, ¿y si sale bien? ¿Hay algún riesgo mayor que perderse algo por miedo, por temor a que salga mal? Si tu corazón te dice: sí. Ignora todo lo demás. Sigue lo que sientas y olvida lo que piensas.

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